He aquí la historia de un árbol que misteriosamente ha preferido secarse antes de que la enorme zarpa del monstruo llamado deforestación lo tumbe con su golpe certero.
Era mi árbol preferido, hace tiempo se ponía muy verde y nos regalaba unas flores blancas y volátiles que llamábamos "angelitos" porque al desprenderse, venían graciosamente hasta nuestro patio impulsadas con el soplo del viento.
El noble árbol también recibía la visita de todo tipo de seres: inquietas ardillas, pájaros multicolores y clarineros joviales que llegaban a obsequiarle una tonada y a descansar unos instantes entre sus ramas.
Pero todo cambia y desgraciadamente, aquel árbol, mi árbol, se ha secado, ¡se ha ido! Es como si en un acto de dignidad hubiera muerto ahí, de pie, de pura pena y espanto al ver a sus hermanos caer uno a uno, abatidos ante su majestad: El Progreso.
¡Pobre árbol! Aún lo veo desde mi ventana en medio de los pocos que quedan, pero ya no vibra. Su aspecto es macilento, inerme, triste y su abrigo de hojas ha desaparecido; ni la lluvia logra revivirlo y quién sabe si pueda respirar ya, no sé cómo terminará la historia.
Las máquinas destructoras han detenido momentáneamente su nefasto avance y el cafetal –casi convertido en colonia- ha vuelto a quedar en silencio.
Esta pequeña historia la escribí el año pasado, estaba llevando la materia de Redacción en Español en la universidad y quise poner en práctica lo que aprendí. Mi maestro me corrigió algunos errores y he aquí el producto.
Colaboración de Xiomara Mejiah
El Salvador
